Desde la Falsa Trinchera

por Carla Mora

Egresada de Enfermería, UdeC

Hace un par de meses vivo aquí: Tirúa, provincia de Arauco, región del Biobío. Y lo aclaro, ya que en ocasiones, los medios de comunicación muestran que toda situación que ocurre al sur de nuestro país, tiene relación con la “Región de la Araucanía”. Parece que vende más y son más puntos de rating poner esto como encabezado de noticia.

Un tiempo atrás, me preguntaron por qué estoy viviendo aquí, cuál era el motivo. Al responder la pregunta, para mi sorpresa, me contrapreguntaron ¿Pero no es ahí donde están en guerra los indiecitos?

Puedo decir, con mucha honestidad, que en un primer momento me dio una rabia inmensa, que callé por miedo a dañar a quien me hacía esta pregunta. Pero caminando de vuelta a casa, fue inevitable sentir una angustia profunda. Y es que todo aquello que se muestra, es tan diferente a lo que aquí vivimos. Se supone un estado de alerta, un lugar peligroso y conflictivo pero la única “guerra” que acá se vive, es la creada en la mente de un señor de terno y corbata que está sentado desde un ministerio de gran importancia en la Moneda.

Desde la falsa trinchera, donde gran parte de los chilenos creen que estamos en una guerra, solo se ve gente trabajadora y luchadora. Se ven niños y niñas jugando, asistiendo a la escuela, disfrutando la quietud del campo camino a sus casas. La Ñukemapu le llaman los más ancianos, que llevan una lucha diaria y constante por proteger y mantener la cultura e identidad de este territorio. Desde la falsa trinchera, veo día a día, mamás que trabajan en el pueblo para llevar alimento a su casa, de la misma manera que los padres de familia salen a pescar en las mañanas, aprovechando lo inmenso y generoso del mar con la Isla Mocha cuidando su camino.

Desde la falsa trinchera, siento como una yunta de bueyes avanza ayudando al agricultor a remover la tierra para sacar sus papas, fruto de su siembra y alimento que será indispensable en el invierno.

Desde la falsa trinchera, veo un hilo pasar por las manos de una tejedora lavkenche que con el movimiento grácil de sus manos, da forma a las mantas y ponchos más lindos del territorio.

Desde la falsa trinchera recibo un abrazo apretado y generoso, de quien me espera con un mate compartido y conversado.

Y es que en todo lo que aquí escribo, no hay espacio para personas vestidas de verde entero, armadas y camufladas. No señores, no lo hay. Y así hagan allanamientos el día que quieran, o hagan controles de identidad donde les plazca y observen el día a día desde las alturas con drones o aumenten la dotación de personas armadas en el territorio… Ésta gente, humilde y trabajadora, solo pide lo esencial en la vida de cualquier persona que habita en un país libre y democrático: el derecho de vivir tranquilos y en paz.

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