Historia de un Aborto en Chile

   por Magdalena Burgos
Vocal de Género y Sexualidad, FEC

Historia de un Aborto en Chile

La sociedad actual, materia prima de mis perturbaciones diarias ¿Cómo desligarnos de aquello que nos rodea, que nos envuelve,  nos construye, nos suelta, nos agarra, nos grita, nos despierta? Materia prima del enojo y también de la esperanza de que otra sociedad es posible. La dicotomía actual, la realidad divida en dominadores y dominados (en lo posible, sumisos), en conocimiento validado como verdad absoluta y aquella dejada de lado; en verdades respaldadas por “objetividades” científicas, moral religiosa o leyes que no dejan espacio a la libertad.

Día a día vemos como discursos hegemónicos por parte de la religión, el Estado y la ciencia médica nos invaden mientras cimentan, en apariencia, sólidos argumentos en contra del aborto y que terminan por dificultar la noción de la libertad sobre nuestros cuerpos.

Entender la Penalización del Aborto en la sociedad chilena actual, nos lleva a una reflexión histórica y holística de una práctica enraizada en la formación del Estado Patriarcal. El asunto va mucho más allá de un cambio jurídico y de un análisis del marco que sostiene, la tensión penalización-despenalización, es más bien un proceso político de disputa de la libertad y autonomía de las mujeres y como tal debería analizarse evitando la invisibilización de las relaciones de poder que legitiman al Patriarcado. Si queremos comprender una práctica normativa en cualquier organización social, es necesario no obviar lo que cada cultura plantea como forma de ver el mundo para expresar su realidad, que condiciona su actitud, su manera de posicionarse, su ordenación categorial del mundo y las interacciones entre seres humanos que establece.

Planteamos entonces al omnipresente patriarcado como primer elemento, y a éste jugueteando con el capitalismo y la religión. Me detengo aquí, y retrocedo en el tiempo. Entremos a las sociedades más primitivas, donde el aborto era visto de forma natural. Es preciso decir sin embargo, que lamentablemente es poca la información que se tiene de pueblos y culturas no asociadas a la raíz europea. Sigamos avanzando hasta la Grecia Antigua donde se consideraba al feto sin alma y como parte de la madre, pudiendo ésta disponer de él a su voluntad. Llegamos a Roma con el Cristianismo como religión de Estado y luego a Europa con sus naciones cristianas- católicas, cuyos principios plantean un criterio rígido en cuanto práctica abortiva, estableciendo que “Todo aborto viola la ley de Dios”. El advenimiento de la inquisición y la “caza de brujas”, la persecución a prácticas milenarias de conocimiento reproductivo femenino y la anticoncepción sirvió como herramienta para el patriarcado-capitalista. La articulación de este “hostigamiento” al beneficio de la maquinaria capitalista y patriarcal. Tal como lo plantea Federici en su libro “Calibán y la Bruja”, quien explica cómo dentro de la sociedad capitalista existe una desvaluación del trabajo de las mujeres, un trabajo que en ésa época estaba firmemente ligado ya a la reproducción, a la familia. Menciona que el capitalismo ve a la procreación como un factor económico, es decir mientras más trabajadores haya, hay también más riqueza, más mano de obra. A la par de esto, desvirtúa el trabajo de la reproducción y la crianza, ligado a la mujer,  como algo secundario, conduce a la devaluación de la importancia de la vida y del trabajador, a la vez que reduce a la mujer al útero como creador de más mano de obra, a la dominación de su cuerpo una vez más.

 Desde este escenario europeo,  muchos procesos de conquista y colonización expanden la cosmovisión cristiana “civilizada”, la iglesia católica sobre la base del etnocidio, la expansión del capitalismo como forma de enriquecer a las monarquías,  la consolidación de una supuesta modernidad, la idea de la dominación. Nos situamos en el siglo XV con el descubrimiento de América bajo la monarquía de los llamados reyes católicos. Los colonizadores españoles, a diferencia de muchos otros, aceptaron a los indígenas como dotados de alma y, por lo tanto como gente capaz de ser adoctrinada. Seguimos por la historia chilena, y se observa cómo los principios morales y éticos punitivos se unen al Estado por medio de las leyes. El poder legislativo, aparato cuya función debería ser regir el bien común en nombre del pueblo, es utilizado por el hombre como medio para perpetuar en la cotidianeidad principios patriarcales, siguiendo una lógica de control social en lugar de perseguir la regulación justa de la convivencia social para todos los participantes de ella. Se logra invisibilizar la dominación del cuerpo y se legitima, ahora como un consenso social, la idea de que el aborto es reprochable, no sólo desde un aspecto religioso sino que también humano.

Pongámonos más profundos y ahondemos, ocupemos otras palabras. En Chile la legislación del aborto es expresión de un Estado antidemocrático que produce una legalidad ilegitima. El estado chileno usa como parte de su proceso de formación cultural, representaciones en torno al Aborto como un acto punitivo, que deviene de toda una moral religiosa expresada en su cosmovisión. Y que ha sido reproducida como normas de los grupos políticos que han circulado como elites en el posicionamiento de las estructuras de la organización social chilena (primero españoles, luego criollos chilenos, de origen europeo) 2. La normatividad que históricamente se ha expresado es ilegítima porque ha sido una producción jurídica masculinizada, escrito por solo un género (hombres) y responde a la dominación de éstos sobre otro grupo socio genérico (mujeres) que fueron dejados de lado en temas que le competían, para encerrarlas en la maternidad.

Algunos antecedentes de dicha Legalidad ilegítima se expresan en: 1. Los artículos 342 a 345 del primer Código Penal de 1874 donde castigan el aborto. 2. El mismo fue legalizado pero solo en su modalidad terapéutico (1931). El Código Sanitario de 1984, le agregaba mayor complejidad a esta práctica estableciendo el requerimiento de la opinión documentada de dos médicos-cirujanos, los cuales por la época probablemente eran hombres. 3. En la Comisión Constituyente 1974, Jaime Guzmán Errázuriz trató de introducir una prohibición constitucional del aborto, por medio del discurso que afirma  «La madre debe tener el hijo aunque este salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive su muerte».  Esta última no fue aprobada como prohibición constitucional de todo aborto, pero la legalidad seguía protegiendo la vida del que está por nacer 4. El hecho más impositivo fue en 1989 durante la dictadura militar, con la modificación del artículo 119 del Código Sanitario que pasó a prescribir lo siguiente: «No podrá ejecutarse ninguna acción cuyo fin sea provocar el aborto», derogándose además las disposiciones de 1931. Esta modificación remarca aún más la ilegitimidad de la ilegalidad del aborto ya que niega todo debate por parte de sociedad chilena en general. Resulta aún más indignante el saber que la modificación fuera promovida por el cardenal Jorge Medina con la ayuda del almirante José Toribio Merino. Véase en esto una fiel expresión de Iglesia- Estado, como agentes de  dominación patriarcal.

La cotidianeidad permea, se vuelve fondo y cielo. Se vuelve suelo, nos convence. Llegamos a nuestros días. Y después de varios intentos, de comparaciones internacionales con “países desarrollados”, nos comenzamos a dar cuenta de que estamos quedando atrás. Estamos a 2016 y se plantea desde el gobierno la Despenalización del aborto en 3 causales (riesgo de vida de la madre, violación e inviabilidad del feto), aprobada por la Comisión de Salud el 15 de septiembre de 2015, restringe la práctica y la autodeterminación de las mujeres a abortar fuera de dichas tres causales obligando a muchas a una maternidad forzada.  Nuevamente dejamos de lado la libertad de la mujer a elegir sobre su propio cuerpo, pero no sólo eso. La negación del aborto libre implica además dejar de lado una serie de factores sociales en los que la mujer se basa para tomar la decisión de abortar, y al consiguiente impacto psicológico que significa para ella el enfrentar una carga como ésta. Con la serie de factores en los que la mujer se basa, me refiero a los determinantes sociales, al contexto, a las oportunidades presentes en la vida de cada persona y que se debe tener en cuenta para tomar decisiones. El nivel de educación, la oportunidad de mantener al niño en buenas condiciones, el apoyo de la familia, la expectativa social, la pareja, el nivel de estudios, las condiciones de vivienda e incluso la oportunidad o no de abortar por medios seguros. La vida misma nos condiciona y lo más curioso de todo esto es que aquellas mujeres que más tienen posibilidad de elegir son aquellas cuyas oportunidades se lo permiten, sí, aquellas que pudieron salir del país, aquellas que tuvieron la oportunidad de conseguirse las pastillas. Aquellas con más dinero. El aborto desde este punto de vista, puede verse como una perpetuación de las desigualdades de clase y surge aún más sospecha cuando se piensa que son las clases más bajas quienes menos pueden acceder a abortos seguros, permitiendo que se siga reproduciendo la expansión de la clase social trabajadora y la mantención del rol materno como determinante de la vida de la mujer en el estrato más numeroso de la sociedad chilena. A mí todo esto me hace sentir, por lo menos incómoda y por lo más, enojada.

A esto sobreviene un impacto psicológico sobre la mujer. El cuerpo controlado por leyes, por instituciones macrosociales. La sumisión y desvalorización se hace sencilla.

Dicha maternidad forzada u obligatoria constituye un obstáculo en el autodesarrollo personal de la mujer, que en el modelo de maternidad patriarcal y en la subjetividad neoliberal, reduce su rol al espacio privado y detiene su desarrollo profesional. La despenalización de aborto en tres causales no detiene el problema, porque lo sigue viendo desde una perspectiva violenta. Tiene que ocurrir una “tragedia” para poder abortar. Te tienen que violar, tienes que estar en peligro de muerte o tu hijo debe estar condenado a morir. La decisión queda nuevamente en manos ajenas. Depende del juzgado y que éste realmente crea que te violaron, que puedas probarlo. Depende del médico que efectivamente acredita la muerte ¿Dónde quedamos nosotras? ¿Dónde está la vida?

Este macrosistema nos ha llevado a tantas opresiones. El triunfo del patriarcado en los diferentes espacios ha permitido su ingreso al único lugar donde podemos ser realmente libres, a la conciencia y ha permitido legitimar nuestra propia desvalorización, que no tenemos derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo. El aborto catalogado por muchos en la sociedad chilena como reprochable. La convicción de que el cuerpo de la mujer, único capaz de gestar vida humana, es campo de disputa pública.  La certeza en muchos de que el traer niños al mundo implica únicamente el proceso de parir, dejarlos nacer para “proteger la vida”, sin un cuestionamiento posterior. La “vida” va primero y punto. El niño nace, aunque no lo quiera y ¿después qué? ¿Lo dejo en un hogar del Sename? ¿Qué garantía es esa? ¿Qué elección tengo realmente? Se habla como si defender el parir significara lo mismo que proteger una vida. La vida es más que obligar a una mujer a tener un hijo y sentirse bien por haberlo conseguido. El proteger una vida implica el saber que aquella persona va a tener oportunidades.

Se sigue hablando del aborto como un tema público, dejando al cuerpo de la mujer como tema de segunda categoría. En los años treinta fue por política sanitaria. Ahora es por ciertas causales específicas que condicionan y que siguen dejando la decisión final sobre criterios que van más allá de la toma de conciencia corporal, más allá de nuestra libertad.  Libertad. Defienden la de la libre enseñanza, la de la libre competencia. Pero al reclamar la nuestra se miran entre ellos con ojos blanquecinos, se escuchan murmullos, se persignan. Se niegan.

Y digo fuerte, basta con el pensamiento dicotómico y sesgado de “Si el aborto es ilegal nadie lo hace” “Si es legal, todos lo harían”. En Chile es ilegal y se hace igual y mujeres sufren o incluso mueren por ello. Por qué optar por el sufrimiento, por la muerte, Si tenemos la oportunidad de legalizarlo. De evaluar nuestra vida, de decidir si lo quiero o no. La ilegalidad es muerte, cuando la necesidad de un humano es tal, no habrá ley que decidirá por ti. La convicción es más fuerte.

Nos queda como reflexión final, como pregunta abierta cuya respuesta no sabremos hasta lograr vencer la ilegalidad del aborto ¿conseguiremos realmente un aborto libre cuando lo despenalicemos? Nos perseguirán acaso por siempre aquellos acérrimos defensores de la moral? ¿Nos perseguirán las exigencias, la maternidad obligatoria desde lo social y cultural, las presiones de la pareja, de la familia, de la sociedad? Garantizar que podamos hacerlo es un paso. Pero en la medida que el patriarcado siga existiendo, ni el aborto ni nuestros cuerpos serán realmente libres. La lucha continuará. Por el momento saquemos fuerza y convicción. El cuerpo es  nuestro. Defendámoslo. Sintámoslo. Sentir. Sentir el dolor de guata cuando nos reímos. Sentir el placer al tener sexo. Sentir el corazón acelerado cuando nos indignamos.

Antes de terminar y callarme, por el momento, me permito citar las lúcidas palabras de Gema Ortega: “Desde el feminismo libertario seré aún más drástica y sostendré que la afirmación del cuerpo y la sexualidad es fundamental en la realización de la soberanía, no sólo singular – sino y más primordial aún-, de la soberanía del pueblo en su conjunto”.

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