La herencia que Miguel Enríquez deja a las y los estudiantes universitarias/os

La herencia que Miguel Enríquez deja a las y los estudiantes universitarias/os 

El siguiente artículo consta de extractos de libros, ensayos y entrevistas.

A 42 años de la muerte en combate de Miguel Enríquez se hace necesario recordar la experiencia y fulgor juvenil de los años 60, no como una forma nostálgica de mirar el pasado e intentar repetir las mismas acciones sin tener claridades de que vivimos en un periodo político muy distinto, si no que de manera de rescatar aquellas acciones que las y los estudiantes hemos dejado de hacer.

Y es que cuando en la Universidad de Concepción vemos colgados en distintas partes del campus (casi todos los años) la mítica frase “A la Universidad se viene a estudiar y a luchar” no nos percatamos nos estamos remontando a un periodo donde las y los estudiantes cambian revolucionariamente su forma de sentir, pensar y accionar, nos remontamos a una época de cambios, donde la revolución cubana, la guerra de Vietnam y mayo francés influenciaron de forma abismante. Aunque de cierta forma esa mística aun queda encerrada en el mensaje.

“Los estudiantes de Concepción comprendieron que su papel no es el de trepadores sociales a la caza de los beneficios de un titulo universitario, sino que, como “grupo de edad” y en su calidad de “joven intelectualidad”, al cruzarse con la agudización de los conflictos sociales a nivel nacional y latinoamericano, se integran al movimiento revolucionario entendiendo que a la Universidad no vienen sólo a estudiar, sino también a luchar”  

Esta frase fue nombrada por primera vez en 1967 por este personaje durante el periodo de la Reforma Universitaria que se estaba desencadenando en la Universidad de Concepción. Las y los estudiantes se manifestaban en contra del ingreso del Imperialismo a las Universidades, que se había vinculado a la Universidad de Concepción a través de donaciones de Ford, Rockerfeller, entre otras empresas estadounidenses. Recordada fue una de las investigaciones que la Universidad realizaba “para la comunidad” que era una pasta dental para una empresa norteamericana.

Las y los estudiantes estaban en disputa por el conocimiento, por uno que estuviera dispuesto a cubrir las necesidades de los pueblos, del territorio, un conocimiento de clase, que no fuera servil a las grandes empresas norteamericanas y los terratenientes.

En la Universidad: en síntesis, la lucha por el objetivo estratégico fundamental, la revolución universitaria, entendida como la necesaria transformación que saque esa superestructura del servicio a la sociedad de explotación y oprobio, y la coloque al servicio de obreros y campesinos, pasa por la lucha por las reivindicaciones fundamentales de los estudiantes contenidos en la Reforma Universitaria, enfatizando sí el cuestionamiento del poder universitario, esto es, el cogobierno estudiantil, como elemento indispensable para luchar en este período por la democratización de la Universidad, la defensa de su autonomía, el acceso a ella de obreros y campesinos, y la lucha contra la penetración norteamericana.” repetía en el mismo extracto. Esta eran una de sus ultimas palabras publicadas al estar en la Universidad, dadas en una entrevista a la Revista Punto Final.


(El siguiente es un extracto del libro de Mario Amorós: Miguel Enríquez un Nombre en las Estrellas)

La admisión en la que es la segunda Facultad de Medicina más antigua del país era un proceso complejo, que tomaba en consideración no solo las calificaciones del liceo y de la prueba final de bachillerato, sino también una entrevista personal de veinte minutos a cargo de una comisión de profesores y autoridades académicas. Entre los trámites medico814_1preliminares, el 30 de enero de 1961 tuvo que escribir a mano un “resumen autobiográfico” en el que destacó: “Jamás en mi vida de estudiante he repetido curso o he dejado exámenes para marzo (…) No he recibido ninguna clase de favores, que así merecieran llamarse; y como aficiones tengo en especial la lectura, a la que bastante tiempo de mi vida le he dedicado (…) Como se ve, es poco lo que a mis cortos años puedo contar, la vida hasta aquí me ha sido fácil; no he tenido reales problemas y todo me ha sido dado; espero con el tiempo retribuir en alguna forma a mis padres y a la sociedad en general lo que me fue entregado y luchar para que todos en un futuro puedan decir también: ‘En mi juventud todo me fue dado’”.

La documentación de Miguel Enríquez que se conserva en la Universidad de Concepción permite recorrer paso a paso el último año de sus estudios y las diferentes fases de su internado en el Hospital Clínico Regional: entre el 8 marzo y el 8 de mayo de 1967 estuvo adscrito al servicio de Obstetricia; en los dos meses siguientes pasó al Consultorio Tucapel, en el Barrio Norte de la ciudad; entre el 9 de julio y el 9 de septiembre se formó en el área de Pediatría del Hospital.

Curiosamente, esta documentación permite precisar al máximo el periodo de su primer viaje a Cuba, puesto que en la página de su práctica en Medicina Interna el jefe de servicio anotó que la cumplió en dos etapas por ausentarse a partir del 9 de noviembre “por motivos particulares”. También resulta curioso conocer cuándo inició exactamente su internado en Cirugía: el 9 de diciembre de 1967… tan solo 24 horas después de ser elegido secretario general del MIR en el III Congreso celebrado en San Miguel. En el verano de 1968 concluyó esta etapa y realizó 216 horas en primeros auxilios, 84 de ellas en turnos nocturnos y el resto en jornadas vespertinas, feriados y fines de semana.

La referencia más detallada a sus excelentes cualidades como médico procede del breve informe que el 8 de julio de 1967 suscribió el doctor Jorge Sanhueza Cruz, jefe de servicio del Consultorio Tucapel, en el que funcionaba un innovador Plan de Medicina Comunitaria con la participación de la Municipalidad, el Servicio Nacional de Salud, la Universidad y las organizaciones sociales. Valoró como “muy bueno” el trabajo clínico desempeñado por Miguel Enríquez: “Seguro y muy bueno en todas las clínicas. Conocimientos teóricos muy buenos. Práctica acertada y eficiente”. Calificó de “sobresaliente” su trabajo con la comunidad: “Interesado en todos los aspectos y en especial educación y conexión del consultorio con la población. Trabajó mucho y bien en este rubro”.

Tras concluir su periodo de internado el 31 de marzo de 1968, se desplazó a Santiago para rendir sus exámenes de pregrado y grado en la Universidad de Chile a fin de revalidar el título que la Universidad de Concepción le había otorgado con fecha de 10 de enero de 1968. En el examen de pregrado de Obstetricia, según escribió don Edgardo en sus memorias, le correspondió como examinador un profesor muy amigo del presidente Eduardo Frei Montalva. Debió atender a una embarazada durante cerca de media hora y posteriormente ingresar al auditorio donde le haría preguntas… y se había congregado un público numeroso entre alumnos y profesores.

El examinador le preguntó por su diagnóstico y Miguel Enríquez sentenció que había sufrido un aborto. El profesor revisó la historia clínica, a la que el alumno no podía tener acceso, e intentó corregirle. “Amenaza de aborto, dirá usted…”. “Eso debe haber sido a su llegada anoche, a las 22 horas”, rebatió Miguel Enríquez. “Cuando a mí me la entregaron el aborto ya se había producido”. El profesor se enojó y le imputó habérselo causado. No obstante, el joven estudiante le explicó lo sucedido con argumentos profesionales y le detalló el tratamiento que hubiera recetado, sin prescribir un medicamento tradicional que acababa de ser suprimido para aquellos casos según se había concluido, le aclaró, en el reciente Congreso de Ginecología y Obstetricia celebrado en Montevideo. Y con ironía sentenció: “Veo, por sus preguntas, que usted no asistió a ese Congreso…”. No dudó tampoco en citarle la revista científica que había publicado las conclusiones. Recibió sobresaliente en aquella prueba y el auditorio le brindó una sonora ovación.

Una de las asistentes fue la doctora Beatriz Allende, quien entonces trabajaba en el Hospital San Juan de Dios: “La reacción no quería aprobarle y le pusieron pruebas muy difíciles, pero, ante el asombro de todos, sorteó todas las dificultades e incluso obtuvo una beca de neurocirugía. Solo trabajó cuatro meses, porque enseguida se dedicó a la lucha de lleno”. Con legítimo orgullo, don Edgardo registró que el pequeño de sus tres hijos varones también superó la última prueba académica: “En el examen de grado, ante la comisión presidida por el decano y el secretario general de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, obtuvo también la nota máxima. Esta no corresponde solamente a la calificación de ese examen, sino que es el resumen de todas las calificaciones obtenidas por el candidato a lo largo de todos los años de Escuela de Medicina, de los exámenes de pregrado y de la tesis o trabajo especial exigido antes de dar el grado”.

Muy pronto la lucha revolucionaria, que le exigía una dedicación absoluta, le apartó de su carrera. Nunca ejerció profesionalmente su profesión, para la que se había formado durante siete años. Pero Miguel Enríquez siempre conservó a su lado, como un tesoro, los libros de Medicina.


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A través de estos extractos de su vida estudiantil podríamos decir claramente  que a pesar de no ejercer nunca la medicina, Miguel Enríquez se encargo de combatir “las causas de las causas”, los determinantes de la salud.

Se le veía  en las diversas asambleas discutiendo hasta de sociología.

El legado de Miguel Enríquez para el estudiante es la integralidad, ser capaz de salir de ese enfoque gremialista y tecnicista de las carreras, y enfocarse en otras áreas del conocimiento. Y no una integralidad vana, puramente intelectual, si no aquella que también es revolucionaria, nunca distanciada de la praxis.

Durante su juventud participó de corridas de cercos en conjunto a comunidades mapuche, autodefensa durante las movilizaciones.

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Miguel discute con el Intendente por la represión provocada por Fuerzas Especiales durante las movilizaciones por el co-gobierno y la democracia universitaria. 1967

La invitación no es a martirizar su figura, si no a salir de nuestras burbujas y poder hacer desde nuestra conocimiento y profesión un aporte revolucionario.


Su trabajo escrito más destacado durante la época estudiantil es el texto “La Revolución Universitaria”, ensayo que revisa las distintas luchas estudiantiles desde una perspectiva marxista, publicado en 1966 en la revista Polémica Universitaria (homónima a este medio, podrá encontrarla en archivos)

“Los estudiantes se arrojan a la defensa abstracta de elevados intereses políticos revolucionarios, se vinculan conceptualmente con los intereses de los trabajadores manuales; toman la apasionada defensa de grandes objetivos nacionales e internacionales, prestan ocasionalmente su apoyo en forma de huelgas, marchas, concentraciones, etc. al movimiento obrero en conflicto, repudian golpes militares, invasiones imperialistas, entrega nacional de riquezas básicas, etc., pero a la vez falta la vinculación y contacto físico dialogal, con obreros y campesinos.

Todo esto imprimirá al movimiento de los estudiantes de izquierda serias tareas: fundamentalmente una mala formación política y moral, desvinculación de las masas, de sus intereses y actitudes concretas, caerán fácilmente en intelectualizaciones bizantinas o idealizaciones absurdas, o vaciarán sus inquietudes revolucionarias en una sucesión de movimientos y acciones de apoyo revolucionario internacional que prenderán sólo en un sector reducido. En la medida en que por otro lado camina aceleradamente su comprensión de lo caduco del régimen social y su conciencia política, se plantearán románticamente tareas políticas de gran envergadura como el asalto al poder por medio de la insurrección, aislados del movimiento de masas, ofreciendo fácil blanco a la contra-revolución, que derrotándoles, podrá victoriosa, coreada por los partidos reformistas, asegurar la estabilidad e inexpugnabilidad de la estratificación social clasista, (lo que ha ocurrido ya en Latinoamérica).”

La Revolución Universitaria, Miguel Enríquez, 1966

Simón Manríquez Villena, Sec. Comunicaciones FEC

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