Chile en la hoguera

Chile en la hoguera, o la faz más desatada de nuestro infierno económico-político, que arrasa con bosques y pueblos, que transforma en cenizas el habitar de animales humanos y no humanos. Despejando la maraña de hipótesis conspirativas más o menos alucinadas, lo cierto es que la industria forestal es clave en el desate de los incendios que hoy nos horrorizan y –en el mejor de los casos– nos mueven a solidarizar no sólo con buenos deseos. Pero el asunto es complejo, pues no se trata sólo de desmontar una actividad económica extremadamente destructiva y precarizante como la de la industria forestal –la segunda actividad económica “más importante” después de la minería del cobre, como se dice–, sino de desmontar una racionalidad, una episteme que articula la gramática económico-política hegemónica a nivel global. En Chile tal racionalidad implica una lógica política de gestión económica de poblaciones que constela la gramática del capital en su territorialización local desde hace décadas, de un modo cada vez más destructivo y precarizante, en nombre de la importancia excepcional de potenciar políticamente y proteger policialmente el patrón de acumulación capitalista como condición de posibilidad de “progreso”. Entre 2012 y 2013, por ejemplo, una interesante serie de hechos se suscitaron conectados en una constelación de operaciones biopolíticas: la ley de pesca del senador Longueira que privatizó a perpetuidad las concesiones marítimas arruinó la actividad de parte importante de los pescadores artesanales del borde costero de la séptima región; por esos mismos días el senador Larraín por la séptima región sur, asumiendo la vocería de los capitales forestales y agrícolas que operan en la región, frente a la escasez de fuerzas de trabajo en tales rubros –y el consiguiente aumento del precio del trabajo– exigía al gobierno de Piñera medidas pro-natalidad para el largo plazo y apertura de fronteras para inmigrantes de los países vecinos del norte en el corto plazo, de acuerdo a una racionalidad selectiva. De este cuadro se desprenden las figuras de tres modos conectados de administrar poblaciones: la reconversión laboral forzada de un sector de los pescadores artesanales al rubro forestal en la costa y al agrícola desplazándose al valle central; la gestión de la natalidad mediante bonos; y la administración del flujo de población inmigrante según cálculo económico. Habría que pensar entonces la cuestión de la actividad económica forestal en un cuadro más complejo, pues no se la puede desmontar como un caso aislado. Hay que desmontar toda una racionalidad biopolítica y capitalista-antropocénica que la apuntala junto a otras actividades que productivizan sacrificialmente a hombres y animales, bosques y mares, entrañas de la tierra y ríos.

Gonzalo Díaz Leteler – Profesor de Filosofía

La imagen del artículo pertenece al artista Gunduz Aghayev

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