Movimiento Estudiantil Universitario: Recuperar la política al trasluz de las posibilidades de la coyuntura

por Fabián Aguero Meza

Estamos ya en el último año del gobierno de Bachelet y la intentona de revolución pasiva llevada a cabo por el sector de mayor peso en lo que respecta a los grupos sociales dominantes de nuestro país parece no haber dado los frutos esperados (por ellos). Las pomposas reformas prometidas en la campaña a fines del 2013 -especialmente la reforma a la educación-  terminan enmarcándose dentro de procesos de restauración-renovación.

Y es precisamente en medio del desarrollo de dichos procesos de restauración-renovación “desde arriba” que cabe que nos preguntemos ¿Cómo afrontara el movimiento estudiantil este llamado contrataque del mercado a la educación? ¿Cuáles son las posibilidades y potencialidades de un movimiento estudiantil en la coyuntura 2017?

Quizás la respuesta más evidente a estas preguntas seria plantear una contraofensiva estudiantil en oposición a las reformas renovadoras, la cual sea capaz de establecer un proceso de negociación desde las dirigencias estudiantiles universitarias en donde se pueda sintetizar una estrategia combinada entre la calle y la institucionalidad. Creemos humildemente que esa visión estratégica que pone urgencia al ámbito negociador y/o presionador en torno al resultado de las reformas ha demostrado ser bastante estéril. Con lo anterior no pretendemos negar la necesidad de contar y fortalecer el momento negociador, sino más bien situarlo como resultado directo del movimiento y organización activa de miles de estudiantes de base.

Desde el punto de vista de constitución orgánica se puede verificar que, si bien el movimiento estudiantil es capaz de identificarse con una serie de demandas cristalizadas en un cuerpo discursivo nacional, ha perdido efectividad en tanto movimiento articulado en las distintas ciudades que debiesen formar su base estructural. Tal vez y de manera hipotética haya que pensar al gran movimiento estudiantil que logro “estallar socialmente” con la apertura del ciclo 2011 más allá de un mero catalizador de demandas programáticas, sino también desde un movimiento que tuvo la capacidad de producir procesos de subjetividad antagónicas a las formas de resolución de las decisiones y direcciones políticas en el Chile de la política de los consensos. No es casualidad que la política formal haya profundizado su crisis de legitimidad precisamente después de haberse desarrollado un movimiento estudiantil con una fuerte democracia participativa, directa y con un activo federalismo que era capaz de conectar desde una discusión asamblearia ocurrida en la carrera de la universidad movilizada más periférica con los ejes de discusión de un pleno ordinario de la CONFECH.

Bajo lo anterior es menester entonces para el movimiento estudiantil 2017 (sobre todo para el sector universitario) constituir un amplio proceso de re-politización consiente desde los organismos intermedios de representación y desde formas organizativas flexibles que tengan la capacidad de convocar a franjas mayores de estudiantes de base. Esa tarea más que estar mediada por la rigidez y mezquindad organizativa (en la que tanto hemos caído como izquierda entre los años 2012-2016) debe estar puesta en marcha en función de una profundización programática de los elementos fundamentales que se han trabajado durante estos últimos años (financiamiento, democratización, educación feminista, interculturalidad del proceso educativo, etc.), los cuales no tendrán un asidero real en las bases del movimiento estudiantil solo con la mera acción agitativa y mediática de ciertas dirigencias de las universidades más “reconocidas” del país.

Es necesario además potenciar estos procesos de repolitización ampliando las bases y actores sociales que dan vida al movimiento estudiantil universitario, poniendo especial énfasis en los estudiantes de centros de educación técnica superior y los puentes que se puedan establecer con estudiantes de universidades privadas, instituciones que por lo demás están compuestas por estudiantes de una precariedad superior a la de los estudiantes de universidades tradicionales.

Claro está, los procesos propuestos anteriormente estarán directamente dinamizados por el desarrollo de la coyuntura que ira mostrando puntos de inflexión en torno a distintos ritmos, acontecimientos y conflictos (dentro y fuera del mundo educativo) que deberían tener nuevamente a la reforma a la educación superior como una de las protagonistas por lo menos en términos comunicacionales.

Solo en la medida que se pongan nuevamente en marcha estos procesos de organización desde abajo en el movimiento estudiantil se podrán ir superando los letargos, lagunas y discursos descafeinados de los que hemos sido parte los últimos cinco años. Solo con fuerza social y política real es posible avanzar posiciones dentro de la disputa del escenario de reformas, y es que si hay algo que debe caracterizar al movimiento estudiantil es precisamente su capacidad movimental, anti-burocrática y deliberativa.

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